Hace unos días los bárbaros han vuelto a golpear segando la vida de dos personas y dejando sin hogar a otras muchas, sin embargo, no serán los asesinos y cómplices a quienes dedique estar torpes líneas, pues creo que quizás, la única respuesta que nos queda sea la que los ciudadanos de la capital protagonista del
“Ensayo sobre la lucidez” del maestro
José Saramago, dan a otros terroristas, ya sean pistoleros a sueldo o políticos mezquinos, que intentan quebrar tanto la convivencia pacífica como su libertad; esa respuesta no es otra que la protesta silenciosa, el silencio de los justos en contraposición con el estruendo de las bombas.
Otro día tal vez escriba sobre la envidia que me da el comportamiento cívico de esos ciudadanos anónimos que inventa Saramago y como un pequeño gesto repetido por miles de esos personajes sin nombre provoca un tsunami en las anquilosadas mentes de los políticos. Hoy en cambio, me apetece hablar sobre algunas reacciones, algunos gritos que se han escuchado/leído en los actos de repulsa a los criminales atentados.
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