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Alka-hu-eta

Este domingo he sido testigo de un hecho terrible, una situación que creía que estaba erradicada hace muchos siglos y que ha vuelto a surgir para golpearnos sin misericordia.

Me encontraba yo en misa, escuchando como el párroco nos leía el pasaje de la caída de Jericó, del libro de Josué, cuando un inquieto murmullo empezó a escucharse por el final de la iglesia. Al mirar hacia el fondo ví a algunos feligreses que con gesto visiblemente crispado hablaban por su móvil.

Unos pocos minutos después, varios policías municipales, interrumpieron la narración, justo cuando las murallas de Jericó se venían abajo merced a la fé del pueblo elegido. Ante los ojos atónitos de la mayoría de los fieles y por qué no decirlo, el gesto complacido de quienes antes se habían indignado, detuvieron al párroco y al monaguillo.

La verdad es que no dabamos crédito a lo que veíamos pero no tuvimos más remedio que marcharnos pues un policía amenazó con detenernos a todos si no nos disolviamos.

Unas horas después, nos llegó la noticia que el juez de guardia había ordenado la encarcelación sin fianza de nuestro párroco y monaguillo bajo la grave acusación de apología del racismo, odio y genocido utilizando como prueba el texto que estaba leyendo. Los tiempos de las persecuciones religiosas habían regresado.

...

Bueno, vale, lo anterior no es cierto, yo no estaba en misa ni tengo la intención de asistir a un evento de esos, pero imaginemonos por un momento que esa escena hubiera ocurrido realmente, en ese caso se alzarían voces desde todos los estamentos pidiendo la libertad de los religiosos, hablarían de libertad religiosa, de persecuciones por cuestiones de conciencia, defenderían que se trata de un libro histórico que cuando cuenta las matanzas que el pueblo elegido causó para mayor gloria de su dios no significa que estén defendiendo que esa deba ser la relación entre los pueblos hoy día, que eso solo es un símbolo para demostrar hasta qué punto ápoya su dios a quienes creen en él, la Iglesia se rasgaría las vestiduras y exigiría la inmediata puesta en libertad del sacerdote y su monaguillo, seguro que incluso amenazaría con la excomunión del juez que perpretó semejante auto.

Sin embargo, algunos de esos que se escandalizarían por una escena así son los mismos que apoyan sin reservas la actuación de la policía el pasado viernes al detener a unos titiriteros que representaban una obra en la que denunciaban entre otras cosas montajes policiales, son los mismos que asienten sin pudor cuando un juez decide ignorar sin el más mínimo pudor el argumento de la obra y decide encarcelarles acusandoles de enaltecimiento del terrorismo, precisamente a unos artistas cuya obra lo que hace es denunciar y atacar el terrorismo (porque el terrorismo de estado también es terrorismo). El argumento utilizado por este juez para encarcelarles sin fianza es de un calibre similar a si hubiera encerrado a los responsables de la película Ocho apellidos vascos, porque en la misma se corearan consignas relacionadas con la Kale Borroka.

En fin, que aunque en los cuentos muchas veces se hable de las brujas como de viejas alcahuetas (sobre todo en su acepción de encubrir u ocultar algo), no tengo muy claro en esta historia quién está haciendo ese papel.